
Maduro fue capturado. El chavismo permaneció. Y cuando la democracia prometida se desdibujó, el petróleo ocupó el centro de la escena.
Por Miguel Hernández
“Cuando un imperio promete libertad, conviene preguntar primero qué territorio busca controlar y qué riqueza pretende llevarse.”
El dato que cambia la discusión
2017–2025: Sanciones, bloqueo financiero y congelación de activos agravaron la crisis económica y humanitaria venezolana.
3 de enero de 2026: Estados Unidos ejecutó una operación militar en Venezuela y capturó a Nicolás Maduro.
28 de agosto de 2026: Washington anunció un acuerdo petrolero sobre 17 campos y más de 65.000 millones de barriles.
La promesa
Durante años, la palabra libertad fue utilizada como bandera para justificar la presión internacional sobre Venezuela. Se habló de democracia, de rescate institucional y de la necesidad de poner fin a un régimen autoritario. Maduro tenía y tiene responsabilidades políticas innegables. Pero una cosa es reconocer los abusos del poder y otra muy distinta aceptar sin examen la narrativa de quienes siempre intervienen en nombre de valores universales y terminan actuando conforme a intereses estratégicos.
En Venezuela primero llegaron las sanciones, el bloqueo financiero y la inmovilización de activos. La economía, ya golpeada por la corrupción, la mala gestión y el deterioro institucional, terminó sometida además a una asfixia externa que agravó el sufrimiento de millones de personas. No se trata de absolver al chavismo; se trata de admitir que el dolor de un pueblo también fue utilizado como herramienta de presión política.
El relato
Luego apareció con fuerza la narrativa del Cartel de los Soles. Las acusaciones, repetidas una y otra vez, fueron convirtiéndose para muchos en una verdad cerrada e indiscutible. Hubo operaciones, ataques y muertes presentados como parte de una lucha legítima contra el narcotráfico, aun cuando en numerosos casos la discusión pública sobre las pruebas fue insuficiente o simplemente inexistente.
La pregunta de fondo nunca desapareció: si todo era por libertad y democracia, ¿por qué el lenguaje del combate terminaba confluyendo tan rápido con el lenguaje del control geopolítico?
Lo que sí llegó
El 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses entraron a Venezuela y capturaron a Nicolás Maduro. Pero la caída de Maduro no significó la desaparición del aparato chavista. Delcy Rodríguez continuó al frente del poder y la estructura central del régimen permaneció. La promesa de una refundación democrática inmediata no se materializó.
Lo que sí apareció con rapidez fue el petróleo. Meses después, Estados Unidos anunció un acuerdo sobre 17 campos, con aproximadamente 65.000 millones de barriles, y una participación estadounidense decisiva en la producción. El contraste es demasiado evidente para ignorarlo: la democracia dejó de ocupar el centro del discurso y los contratos energéticos pasaron al primer plano.
La lección
Esa es la fórmula imperial que América Latina conoce demasiado bien: primero bloquean, luego exacerban la crisis, después presentan la intervención como un acto salvador y finalmente aseguran acceso privilegiado a las riquezas del país intervenido.
No utilizaron el petróleo para liberar a Venezuela; utilizaron la palabra libertad para apoderarse de su petróleo.
Mientras tanto, millones de migrantes venezolanos, usados durante años como argumento humanitario, hoy siguen enfrentando precariedad, persecución y deportaciones. Y una parte de la prensa corporativa, lejos de examinar críticamente ese proceso, convirtió propaganda en noticia y saqueo en presunta causa moral.
¿Si la libertad era el propósito central, por qué tras la captura de Maduro sobrevivió la estructura del régimen, pero avanzaron con velocidad los acuerdos sobre petróleo?
La historia vuelve a advertirnos algo esencial: el imperio no llega para liberar pueblos; llega para controlar territorios, someter gobiernos y apropiarse de sus riquezas.
Ahora la pregunta es inevitable: ¿qué vienen buscando en Colombia?